martes, 30 de noviembre de 2010

No a la intervención!


Una gran amiga mía, madre reciente me escribió hace algunos días contándome lo impotente, rabiosa y dolorida que está con su círculo de familiares quienes no pierden oportunidad de hacerle comentarios desvalorizando e incluso enjuiciando su manera de criar y han llegado a “pasarle por encima” haciendo con su hij@ aquello que ella no quiere. Obviamente se siente insegura como madre, no sabe muy bien como abordar lo que le está sucediendo y en su sensación de inseguridad está empezando a valorar más lo que le dicen de afuera que lo que le dicta el corazón

Por situaciones de este estilo creo que hemos pasado todas en mayor o menor medida pero todas en algún momento de nuestra reciente maternidad cuando más frágiles y vulnerables estamos hemos recibido este tipo de intervenciones!

Así que más allá de lo que en le momento me surgió decirle a ella me siento con la necesidad de compartir mis reflexiones…

¿Pero quién carajos nos creemos para intervenir entre el vínculo madre-hij@? ¿Qué clase de autoridad moral creemos ostentar que nos autoriza a decir qué cómo, cuándo y dónde?

Llegamos como grandes sabedores a ilustrar con nuestro conocimiento, soberbios, arrogantes y con la idea además de con-vencer a esta nueva madre, como si el que ella hiciera lo mismo que hicimos nosotros validara nuestras elecciones… es que tan inseguros estamos de lo que decidimos que tenemos que ir encontrando “adeptos”?

En un momento donde además se están gestando como díada, donde se conocen y re-conocen por primera vez, construyen y nutren ese lenguaje primario y propio que los habrá de vincular de por vida… ¿quiénes somos nosotros para intervenir ese momento sagrado?

No nos digamos mentiras, no nos aceptemos engañarnos pensando que lanzamos toda la artillería pesada de consejos, recomendaciones y lecciones por el bien de la madre y el bien del niñ@, la intervención nunca es para beneficio del otr@. Lo que esa madre necesita es escucharse, reconocerse, descubrirse y para eso necesita silencio, tiempo y contacto con su bebé.  Y ese bebé lo que necesita es una madre que va descubriendo su voz interior y aprendiendo su lenguaje.

Cuando interferimos en el vínculo madre-hijo, atentamos contra el bebé y atentamos contra la madre. En vez de procurarle un ambiente cálido y protector a ese nuevo ser lo dejamos en manos de una madre insegura, rabiosa, frustrada.


Realmente creemos que diciéndole: “no! Así no se hace” o “noooooo! Ni se te ocurra” o contándole historias de trágicas consecuencias por hacer lo que ella está haciendo ¿vamos a fortalecerla?
Para nutrir a una madre reciente es necesario interactuar con ella, no juzgar sus decisiones, ni controlar sus acciones, tan solo dejarnos fluir a su lado. Comernos nuestras creencias y sobre todo nuestro ego, porque, en realidad no es nuestra voz ni nuestras convicciones las que aquí importan, por maravillosas y especiales que nosotros creamos que son, esas reservémoslas para la relación con nuestros hij@s. Aquí lo que verdaderamente importa es la construcción de ese universo único y particular, donde habrá todo lo bueno y todo lo no tan bueno, donde se regirán por “leyes” que ellos irán encontrando, lo que importa es esa mujer que se descubre madre (ayudémosla a asumirse y verse como tal, llenarla de juicios y críticas poco ayuda) y sobre todo ese bebé para quien su madre es el mundo entero.

Estoy convencida y pido un acto de fe para quien así no lo crea, que los padres decidimos guiados por el amor, tal vez un amor ignorante o inconsciente, pero no hay maldad. No conozco al primer padre/madre que quiera “lo peor” para sus hij@s. Y sobre los actos cotidianos… esa es otra historia ya que en ellos ponemos muchas veces nuestras impotencias, carencias, miedos y dolores, pero ahí tampoco hay maldad solo un niño interno maltratado y de eso no somos culpables somos responsables. Ayudémosle en ese caso a cuestionarse y replantearse las practicas de crianza, con amor y confianza en ella.

Si queremos plantear algunas cosas, compartir experiencias, sugerir algo, busquemos el momento para hablar con ella a solas y de manera respetuosa y amorosa, no le pasemos por encima “apropiándonos” del bebé como si tuviéramos alguna autoridad para decidir lo que es mejor para él.

No perdamos de vista que la interacción transforma, la intervención controla. ¿Desde dónde queremos vincularnos?

Por cierto! la ayuda no se negocia, se da. No ofrecemos nuestra ayuda a cambio de imponer nuestras creencias y prácticas, eso es manipulación y es ejercer un poder que no nos compete. Sino podemos sencillamente dar, entonces respetuosamente alejémonos!

sábado, 27 de noviembre de 2010

No soy apta...


No tengo tele, bueno si tengo pero no tengo señal, con lo cual solo veo películas, sin embargo de vez en cuando cometo el error de fijarme en la publicidad y boom!... y eso se conjuga con las conversaciones que voy teniendo, las frases de quinta que voy recibiendo porque Kyara tiene 2 años y casi 11 meses y todavía toma la teta y porque tiene la misma edad y no ha pisado un jardín y por ahora no lo va a hacer, porque la dejo salir a la calle vestida como ella elije y no como yo deseo… no hay que ser inteligente para notar lo que la publicidad y los medios de comunicación quieren hacernos creer y lo que esta sociedad ya normaliza como el estándar de crianza y vínculo afectivo. Ya sé que no descubro que el agua moja, pero de tanto en tanto me enfado, me indigno y necesito compartirlo.

¿Tengo que creer que no soy apta para gestar, qué tengo que estar rodeada de profesionales, exámenes, ecografías, complementos alimenticios, y una larga lista de etcéteras para saber lo que mi cuerpo debería saber. Que mi bebé está bien, que estamos bien, que todo es como tiene que ser?. No denigro de los médicos ni creo que no debamos ir! salvan vidas, de sobra lo se, pero también creo que a estas alturas abusamos tanto de ellos y su ciencia que terminan entorpeciendo la vida, nuestro vínculo primario con ese ser que estamos gestando y con la sabiduría de ese cuerpo generoso que da vida.

¿Tengo que creer que no soy apta para parir, que no me queda otra que asistir mansamente a ver como mi cuerpo se convierte en un pedazo de carne que puede y debe ser cortado, maltratado, negado, inyectado, rasurado y cocido, que el nacimiento de mi hij@ se limita a que me l@ arranquen de las entrañas?

¿Tengo que creer además que en los instantes y a veces horas que le siguen a su nacimiento mi hij@ lo que necesita desesperadamente es que lo pesen, lo midan, lo revisen, lo evalúen, lo testeen, lo lleven a conocer a sus tíos, abuelos, padrinos, familiares y amigos para luego dejarlo "por si acaso" en observación, mientras mi cuerpo vacío, frágil, maltratado se queda esperando el encuentro, la tan ansiada fusión y celebración de la vida? ¿Tengo que creer que eso es lo que mi hij@ necesita, en vez del calor de mi cuerpo, el contacto piel con piel, la teta tibia y mi sonrisa, susurros, lágrimas cálidas de amor que le dicen de todas las maneras posibles: "bienvenido amor, bienvenido a este mundo, a esta familia a esta vida, te esperábamos y te amamos"?

¿Tengo que creer que no soy apta para nutrirl@, que tengo que recurrir a la leche de fórmula y a los biberones porque mi cuerpo no sabe hacer lo que tiene que hacer, porque mis tetas no recuerdan la función para la que fueron creadas y en cambio bien que saben de alta seducción y gimnasio para no ceder a la fuerza de gravedad?

¿Tengo que creer qué es mejor una guardería desde pequeñit@s, 45 días ideal, 6 meses por lo menos para hacer de ell@s niños inteligentes, sociables, independientes y que en el futuro sean triunfadores, exitos@s y complet@s?

¿Tengo que creer que su independencia y felicidad serán forjadas en la distancia de mi calor y no en el amparo de mi amor y cuidado. Y que para ese fin mejor los cochecitos, las cunas, los cuartos independientes, los chupetes, en vez de mi cuerpo, mis brazos, mis tetas, mi presencia, mi contacto. Tengo que creer que entre más distancia entre nosotros, más san@, autónom@ y feliz será?

¿Tengo que creer en definitiva que yo no soy apta, qué soy madre pero que es solo un título decorativo,  que mi hij@ le pertenece a la ciencia, al estado, a los profesionales que saben más que yo y tienen ya la fórmula mágica, aunque mi hij@ es único, irrepetible y eso solo lo se yo? ¿Tengo que creer que lejos de mi estará mejor, qué entre menos comunicación y vínculo entre nosotros, entre más intermediarios (accesorios y profesionales) más plen@ se desarrollará? ¿Tengo que creer que ser madre solo me avala para aumentar la tasa de natalidad y convertir nuestras vidas en estadísticas? ¿Tengo que creer que “tener” un hijo es sólo eso, aumentar la lista de mis posesiones?

¡Qué viva la ciencia, qué vivan los avances médicos y la tecnología! Pero no perdamos de vista que deben estar a favor de la VIDA, no de alimentar el ego de sus “sumos pontífices”; no olvidemos que los realmente importantes somos nosotros y toda forma de vida en este planeta y no los últimos descubrimientos e inventos. Porque parece que nos hemos convertido en ratoncitos de laboratorios listos a probar y avalar el último hit de la ciencia, el último grito de la moda en avances científicos sin importar el trozo de humanidad que nos dejamos en el camino. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

Hazte respetar!

                                                   Quién no ha escuchado esta frase?  A qué mujer (cuando se trata de relaciones con el sexo opuesto) no se la han dicho por lo menos una vez en la vida? A qué niño que sufre de abuso escolar no se la han repetido padres y maestros ?

Hazte respetar! Y cómo digo yo, cómo se va, cómo me voy , cómo nos  vamos a hacer respetar, si lo que nos han enseñando es que no hay el más mínimo respeto por nuestras necesidades y deseos cuando somos niños y más necesitamos de ello y encima somos etiquetados de egoístas, malcriados, “malos” por necesitar y pedir. Por obra y arte de que sortilegio vamos a aprenderlo cuando además repetidamente nos enseñan qué nuestra voz no cuenta y nuestro voto es nulo; de dónde vamos a entender que significa respeto si la mayoría vemos que mamá o papá tratan mejor a los desconocidos, tienen para ellos palabras amables y bellas sonrisas y para nosotros gritos, indiferencia, maltrato! pero de dónde vamos a aprender que somos seres merecedores de respeto.


Además ¡Hazte Respetar! Es una frase mentirosa y que esquiva el bulto, porque no se trata de cómo generamos relaciones, lógicas, prácticas donde primen el reconocimiento, el respeto, la responsabilidad;  todo lo contrario, esta construcción oculta una orden implícita de ¡imponte!, con lo cual habla de jerarquías, relaciones de poder, abuso. Esta frase tampoco trata bajo ningún concepto de criar o educar para la autoestima o el amor sino para no tener que hacerse cargo del respeto que cada uno le debe al otro, es casi como decir: a menos que me obligues no te voy a respetar.
El respeto es respeto, no es "ahora te maltrato y mañana hazte valer", mucho menos "hoy te inválido mañana quiérete lo suficiente como para no dejarte pasar por arriba" y el no va más "yo te humillo, pero tu respétame a mi". El respeto es acción no es bla bla bla, no se aprende razonando, ni teorizando, porque además aquel que se transmite a través del discurso solo es válido mientras me convenga respetarte, mientras respetarte no interfiera con mis intereses, mientras respetarte sea sinónimo de beneficiarme, eso no es respeto es manipulación!

Ningún ser humano criado con respeto necesitará jamás escuchar esta frase, porque habrá aprendido que es merecedor de respeto, amor y reconocimiento y no concebirá para otro algo distinto. No tendremos que decirle ¡hazte respetar! el solo sabrá buscar su lugar.

Hoy 25 de noviembre Día Internacional contra la Violencia de Género alzo mi voz para decir basta, como ser humano, como mujer, como hija de una mujer, como madre de una mujer ¡basta! Basta de hazte respetar y empecemos a respetar!

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Vida artificial


"El mejor futuro empieza con el mejor alimento"… alcancé a emocionarme, desde donde estaba solo  podía ver el texto, ni la foto, ni la marca eran visibles. Así que tuve escasos segundos para creer lo imposible… pero no, era la publicidad de un alimento para perros.

La buena noticia es que estamos al tanto: la buena alimentación (tanto física como emocional) tiene repercusiones fundamentales en el futuro y si lo creemos así para nuestros animales, quiero pensar que evidentemente también para nuestros hijos. La mala es que con saberlo no alcanza.

Es cierto que cada uno de nosotros toma las decisiones desde donde buenamente puede, en general no desde la libertad y la madurez sino desde las limitaciones que cada uno tiene, ya sea por su historia, su contexto o su presente, pero estoy convencida que la manera de lograr cada vez más libertad, más autonomía y crecer es asumiendo responsablemente aquello que elegimos aunque lo hayamos hecho desde la carencia o el miedo (no doy teta, porque no puedo hacer frente emocionalmente a ello, por ejemplo). Pero en la medida que asumimos nuestras sombras estamos poniendo luz sobre ellas y  desde ese lugar ya estamos generando un cambio de consciencia, estamos corriendo nuestros límites y las fronteras de aquello en lo que creemos ciegamente.

Por otro lado, yo puedo respetar las decisiones que cada cual toma, no voy a negar que algunas me cuestan horrores, pero es parte de apostar por un mundo donde quepamos todos y donde a la larga primen el amor, el respeto, el reconocimiento y la responsabilidad, lo que no puedo soportar son las decisiones mentirosas, esas que se sustentan en estadisticas y estudios ciéntificos o médicos que avalan la indiferencia, la indolencia y la deshumanización como "cualidades" de los criadores y la eficiencia, obediencia, uniformidad y austeridad emocional como caracetrísticas deseables en los niños; o en libros y teorías que promulgan invisibilizar a los niños, negarlos en sus necesidades y que consideran que el fin último de la crianza es moldear a los niños, adaptarlos al sistema y convertirlos en “hombres de bien”.

Todas estas "cualidades" son pilares de esta cultura del usar y tirar bajo el lema "la felicidad se encuentra consumiendo" en la que estamos inmersos. Y este hecho nos lleva directamente a uno de los problemas a mi juicio más grandes en la crianza, el culto a lo artificial.

Somos tan arrogantes y soberbios, que a estas alturas seguimos sosteniendo que es mejor algo artificial (que desde ya solo intenta "recrear" lo natural), que lo que somos y tenemos naturalmente. Cómo podemos estar tan ciegos o contándonos tantas mentiras como para creer que es mejor:
- la leche artificial que la leche materna que está diseñada para cada ser y que de esa extraña manera  apoya su derecho a la diferencia.
- el biberón, una tetina de látex que la teta tibia de mamá, repleta de sonidos, olores y sobre todo amor.
- una guardería desde los 45 días donde comparte mirada, atención y afecto con otros 15 niños, en vez del calor de casa, la mirada de mamá y papá, el amor y el  mundo en exclusiva.
- parir rodeadas de sondas, sueros, maquinitas y profesionales antisépticos, sobre todo emocionalmente  hablando; que traer hijos al mundo en un ambiente respetuoso, amoroso y sagrado. Donde el nacimiento es una fiesta y no una estadística
- un objeto de transición y que elaboren desde chiquitos la separación, que tener para ellos disponible “el objeto” de sus amores.
- la independencia impuesta a fuerza de ponerlos a dormir solos y sin atención, no alzarlos, mimarlos o besarlos, no acudir a sus demandas, separarlos de nosotros para que no se mal acostumbren... que la autonomía y la interdependencia que se conquista en el contacto, en la seguridad de tener un respaldo y el amor incondicional.

Y esto solo nombrando algunos ejemplos y sin entrar en las últimas aberraciones que seguimos construyendo.

Todos estos son de una u otra manera ambientes artificiales creados por nosotros los adultos importantes para darle al niño lo que necesita sin involucrarnos demasiado, básicamente sin hacernos cargo de ellos pero también sin cargar con “culpas”… total todas sus necesidades están satisfechas, artificialmente, pero satisfechas.

Y yo entiendo que este sistema tal y como lo hemos construido propicia lo artificial y el delegar la crianza en otros, entiendo perfectamente que  a veces la realidades económicas y laborales de cada familia pueden interferir con las decisiones y opciones que queremos para criar, pero entonces dejemos de hacer las cosas al revés, si el sistema está mal, cambiemos el sistema, dejemos de ser cómplices de él, no sigamos haciendo malabares parta adaptarnos cada vez más y sobre todo  para adaptar a nuestros hijos. Generemos otras vías, siempre es posible! O por lo menos dejemos de mentirnos diciendo que está probado, comprobado y estudiado que de esta manera artificial los niños se crían más sanos, más inteligentes y felices!

Creo que esto lo repetiré hasta el cansancio: toda forma de crianza y educación se sustenta de manera más o menos explícita en una visión del mundo y los niños. Pues esta forma de lo artificial, entre otras cosas presupone que:
1. Los niños son tontos; no se van a dar cuenta que es un biberón y no la teta de mamá, por ejemplo.
2. Los primeros años deben pasar rápido, porque son un incordio y queremos de ellos autonomía e independencia, con lo cual no es de extrañar que estemos deseosos de crecer, ya que la “vida” realmente comienza de adulto, el resto es un trámite ineludible.
3. Los padres somos importantes en la medida que proveemos de cosas a nuestros hijos.
4. Una maternidad y paternidad ideal es aquella que no nos modifican o por lo menos que alteran lo menos posible nuestro ritmo de vida anterior. Desde esa premisa todo aquello que lo haga posible será bienvenido no importa lo que ello implique para los niños ni para nuestro vínculo con ellos.
5. La vida hay que mantenerla en los límites de la supervivencia, llenar las necesidades que la garantizan sin ir más lejos. Te doy de comer, pero no te nutro; te visto, pero no te abrigo… De esta manera seguiremos por la vida como seres carentes, consumistas y obedientes!
6. Este mundo y sobretodo las relaciones humanas se rigen por la ley del menor esfuerzo, no es necesario darnos al otro ni involucrarnos con el sino limitarnos a cruzar caminos y conseguir que nuestras necesidades y deseos no sea avasalladas por ese otro/a
7. Otros, cualesquiera que estos sean siempre serán mejores que nosotros y sabrán más que nosotros. Con lo cual podemos delegarles nuestra vida.

Si seguimos caminado por esta vía, me atrevo a decir: tranquilos todos, los robots también serán mejores seres humanos

viernes, 19 de noviembre de 2010

Al carajo las lealtades!


A raíz de una conversación con mi gran amiga, me quedé dándole vueltas al tema de las lealtades, ese oscuro “tu me debes algo a mi”.

Vamos desentrañando, cada vez creo menos en ciertos valores que promulga esta sociedad, esos que se supone sostienen y regulan al ser humano, lo protegen de su espíritu violento, a saber: la obediencia, la uniformidad, la tolerancia (que no, lo siento no es sinónimo de respeto, es sinónimo de “te soporto” yo que soy taaaan generoso y bueno te soporto) y la lealtad, solo como ejemplos. Todo estos valores que avalan y legitiman la existencia de jerarquías, dualidades, divisiones, verticalidad y yoismos… y por ende de discriminación, violencia, sumisión y abuso.

Y que por cierto son útiles a la hora de criar en la medida que mantienen bajo control y en orden a ese pequeño crío que viene a poner todo patas para arriba. Son útiles en tanto no tienes que involucrarte demasiado con ese otro porque estás muy ocupado moldeándolo (por su bien, faltaba más) y que además puedes darte el lujo de intervenirlo… dicho sea de paso cuando intervienes te metes lo justo para no despeinarte cuando interactúas te involucras hasta los ovarios! La interacción transforma, la intervención controla!

Pero volviendo al tema de las lealtades, a esas de: “yo le debo tanto que le pago con mi vida”. Estoy empezando a creer que se sustentan desde la creencia que el amor es un servicio, un bien por el que hay que pagar. Con lo cual si alguien me hace un favor, no media el amor, media la lealtad lo que se traduce en el desembolso más tarde o más temprano de algún tipo de pago. Nos enseñaron que el amor no es incondicional ni “bienintencionado”, nos enseñaron que el amor tiene precio (pórtate bien y verás que feliz que se pone mami) y nos pone en deuda.

Nos enseñaron que es la vida del niño la que está supeditada a los deseos y necesidades de sus padres, que es el niño quien debe acomodarse, acoplarse, seguir el paso… y así vamos creciendo y repitiendo. Una sonrisa, un gesto de amor, exige de nosotros un pago, nuestra lealtad, aunque ofrecerla signifique decidir en contra de nuestro impulso vital, de nuestros sueños.

Cuantas veces vemos a un niño (al nuestro mucha veces no, porque nuestra sombra lo impide) replegar su deseo de correr, saltar, descubrir el mundo, decir lo que siente, por lealtad a sus padres, porque hacerlo sería ir en contra de los deseos de sus padres, de sus expectativas, su mundo adulto, porque cuestionar su autoridad y sus verdades (la mayor de las deslealtades), sería destrozar su autoestima, el personaje tan celosamente creado… que niño va a ser desleal a ese precio?

Por lealtad los niños asumimos las cargas de nuestros padres, sus miedos, angustias, sueños frustrados. Por lealtad no vamos hasta donde podemos sino un poco más acá para que papá, mamá y maestros no se sientan superados. Por lealtad mantenemos viejos roles, creencias, prácticas que nos van chicas, que nos incomodan pero como crecimos aprendiendo que cuestionarlas es lo mismo que decir “ya no te amo” somos incapaces de hacerlas trizas. Por lealtad nos convertimos en el modelo de ser humano que se espera de nosotros (competitivo, eficiente, productivo). Por lealtad cambiamos a mamá y papá por la tele, un objeto de transición, un amiguito imaginario y así llenamos vacío sin ponerlos en aprietos. Por lealtad negamos nuestra hambre de contacto y calor y así nos aseguramos el “amor”. Por lealtad aceptamos etiquetas, juicios, encasillamientos para que nuestros padres y maestros no tengan que aceptar sus limitaciones y carencias y así poner en  nosotros el problema. Y lo más triste, por lealtad muchas veces repetimos la historia con nuestros hijos porque no hacerlo sería decirles a papá y mamá: yo necesitaba amor y primó su vacío.

No me gusta la palabra lealtad, me suena a contrato, a prisión y presión. Y además invierte el orden de los factores afectando drásticamente el producto, nos pone a nosotros los adultos, los poderosos por encima de los niños. Y yo me pregunto ¿si se supone que nosotros somos los fuertes, los adultos responsables, lo que llevamos varios años viviendo, no seríamos en todo caso, nosotros quienes deberíamos ser leales con ellos, comprometidos con sus vidas, sus necesidades, su felicidad?

Quien no se ha detenido a observar a un bebé, a un niño podrá seguir creyendo que somos violentos, egoístas y malos por naturaleza, que es necesaria la obediencia para canalizar todos eso impulsos agresivos; la uniformidad para poder mantenernos organizados y dentro de los límites de la cordura; la tolerancia para perdonar nuestros deslices y soportar las pequeñas aberraciones que nos quedan y la lealtad para poder darnos de cuando vez sabiendo que ese acto tiene su pago!... Yo no!

martes, 16 de noviembre de 2010

La locura todo lo cura

Siguiendo por el camino del post anterior...

Hace unos días a raíz de este otro post Sonsoles de Respetar para Educar me contó: "Hace unos meses, en mi "propia esquizofrenia maternal" describí ese estado de consciencia que tú has definido como tener dos corazones, cuatro pulmones, dos cerebros, etc. y ciertamente, es así como me he sentido desde que soy madre, como una persona desdoblada en dos y una observadora externa además... Y sin embargo, creo que nunca he estado tan cuerda..."

Pues si! estamos locas! locas de amor y de amar. Un subidón de maternidad, mimos, teta, besos, contacto. Y sin embargo debo confesar, que al igual que Sonsoles, nunca antes me había sentido tan lúcida y tan valiente. Nunca antes había visto ciertas cosas de nuestra manera de interactuar con tanta claridad, de hecho creo que nunca antes había puesto tanta luz en mis sombras... lo que no quiere decir que lo tenga resuelto, solo que por lo menos me doy cuenta.

Recuerdo que durante el trabajo de parto cuando empezaban las contracciones mi primer pensamiento era: no voy a poder, esto me va a superar.  Sin embargo, pelearme con ese dolor, negarlo, era negar a mi cría, así que no me quedaba otra que amigarme con cada contracción, tal y como nuestra partera lo sugería una y otra vez. Era algo así como entrar en sintonía, subirme a la ola, respirar con esa contracción y oh milagro! debajo de ese sensación molesta se abría una profunda sensación de fuerza, de VIDA que me llenaba toda y nunca antesme sentí tan viva, ni fui tan fuerte!

Bueno, pues desde ese día así ha sido un poco todo esto. La maternidad no es fácil, pero no lo es en si misma. Lo es porque hemos aprendido que en este mundo se trata de tener y hacer, de conseguir y salvarse; porque hemos creído que de adultos vendrá la revancha, tendremos el poder y por fin estará alguien supeditado a nuestras normas, preso de nuestros deseos y ambiciones. No es fácil la maternidad porque a fuerza de cargar y repetir generaciones de abandonos, maltratos y vacíos estamos desconectados de la vida, de su fragilidad y latido, de su pasión arrolladora y su intensa fortaleza.

Generalmente llegamos a la maternidad/ paternidad como niños hambrientos y carentes. Devenimos padres como niños adoloridos que juegan con la vida hasta transformarla en su imagen y semejanza, en un espejo donde mirarse.

Lo cierto es que no nos hacemos padres por derechos éticos, nos hacemos padres a través de un hecho físico al alcance de casi todo el mundo. Y cada día renovamos la apuesta y la elección, podemos "tener" un hijo o criar un hijo. Podemos vendarnos los ojos y la vida y de esa manera condenar esa nueva existencia o podemos estremecernos ante su fuerza, reverenciar su existencia y hacernos padres a fuerza de consciencia.

Estamos locos, claro que lo estamos porque nos atrevemos a cuestionar nuestros cimientos y buscar más allá del baúl de nuestros recuerdos y recursos. Porque creemos que es posible construir paz desde la paz, amor desde el amor, vida desde el respeto. Porque sentimos que esta vida nueva tiene prioridad y nos necesita, no nos roba; nos suma, no nos absorbe; nos llena, no nos exprime. Y porque  también cada vez que los amamos sin condiciones, interactuamos con ellos y no intervenimos, les damos nuestro contacto y presencia, les damos contención y no normas jerárquicas y absurdas, atendemos sus necesiades y no los etiquetamos de egoistas, malcriados o caprichosos, cada vez que hacemos esto y tantas otras practicas basadas en el respeto, el reconocimiento y la responsabilidad le estamos diciendo a esta sociedad patriarcal: ya no soy tu cómplice.

Tenemos malos días, malos momentos que se traducen desafortunadamente en maltrato (en diferentes niveles) sobre nuestros hijos, perdemos la paciencia, entramos en crisis con el niño adolorido y abandonado que somos y nos vamos de narices a lo fácil. Pero por los menos nos atrevemos a soñar, creer y practicar una forma distinta de criar e interactuar con los niños, nos atrevemos con toda la fuerza de nuestra consciencia y la precariedad de nuestra capacidad de amor y cuidado a  cortar la cadena de abusos, maltratos, indiferencias y abandonos y con ello cambiamos la historia, la nuestra, la de nuestros hijos y si mi idealismo me lo permite la de la humanidad. No solo tenemos malos momentos, sino que seguramente los seguiremos teniendo, pero aquí no hablamos de perfección hablamos de crecer y llegado el caso de poder trasformar los impulsos violentos en actos creativos.

La maternidad me ha puesto de cara contra mis vacíos y miedos, mis mezquindades y egoísmos, que son muchos y algunos incluso son "lobos disfrazados de ovejas", pero no me deja escapatoria, no me permite excusas. Los ojos de mi hija no me dejan mentirme. Puede que no sepa que hacer con lo que veo, puede que no encuentre respuesta en lo práctico al abuso que me plantean, pero con toda claridad lo veo.
Así que si, por lo menos en lo que a mi respecta (y por lo que voy leyendo somos muchos), esta loca maternidad, esta locura todo lo cura.

viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Qué hacer con aquello que hicieron de nosotros?

A Diego


Desde que vi el nuevo tema para el carnaval de blogs de Tarkus Kids, y tal vez desde antes, esta pregunta me acompaña, me ronda, la encuentro en los lugares más insospechados.

Somos hijos de un momento familiar, de una historia social, política, económica y religiosa; de un contexto, un país. Hijos de los sueños que nuestros padres dibujaban durante nuestra niñez y de los miedos que los asaltaron. Hijos de los abrazos, mimos, te amos, que recibimos y desafortunadamente también de los basta ya, no molestes, no me hagas enfadar, estate quieto; cuando no de los gritos, golpes, abusos y maltratos.

Así somos nosotros, un cúmulo no solo de aquello que vivimos sino de aquello que quienes nos precedieron vivieron. Nuestras creencias y prácticas  son nuestras en tanto que las repetimos, pero la mayoría de las veces no fueron creadas por nosotros, su construcción, su origen puede incluso perderse en el tiempo de un linaje y una sociedad

Hemos aprendido a ser a veces en medio de la mayor adversidad (el desamor y la indiferencia), porque así aprendieron nuestros padres, nuestros abuelos y quien sabe cuantas generaciones hacia atrás. Muchos hemos aprendido la generosidad, el contacto, la entrega, el cuidado a través de cartillas, discursos, imágenes para colorear. Por suerte para todos existe por lo menos una, una pequeña experiencia de amor y cuidado a la que podemos aferrarnos con pasión infinita.

Hemos crecido en la cultura del no sentir, no preguntar, no necesitar amor y contacto. Y así con todo lo mejor y lo no tan bueno que hemos recibido vamos construyendo un personaje, una defensa que no tiene otra función que sobrevivir y adaptarse a esta sociedad, donde además converge lo nuestro, pero también lo de nuestros padres, abuelos y seguimos contando…

Hasta aquí todo se mueve dentro de los parámetros acordados y conocidos, dentro de las reglas que hemos ido construyendo como sociedad y que hemos aceptado sin más, tal vez porque una de las frases que más escuchamos y decimos a los niños es; así es la vida, que le vamos a hacer!.Lo que es igual a decirle: no  pienses que total otros ya lo hicieron por ti y mira que bien les ha salido y tampoco te pongas a cambiarlo que para esfuerzos los justos; pero eso es tema aparte…

Años de esfuerzo nos ha llevado “controlar” nuestra vida y acallar nuestra voz interna hasta que de golpe, porque planeado o no, deseado o no, la maternidad y la paternidad se concretan de un momento para otro, la corporeidad de ese hecho aparece en un instante llenándolo todo con sus pasmosa presencia. Así que de golpe nos encontramos cara a cara con una vida que depende de nosotros, que reclama y merece lo mejor de nosotros. Y el personaje que hasta entonces hemos creado para sobrevivir empieza a desmoronarse, entra en crisis, porque esta pequeña y potente existencia no entiende (gracias a la vida!) de normas, acatamientos, obediencias debidas y poder por "edad, dignidad y gobierno". Esta pequeña y potente existencia solo entiende de amor o abandono y lo entiende en lo concreto, en lo corporal; no en el terreno del discurso que todo lo aguanta, el de lo abstracto que construye imperios en arenas movedizas.

Así que aquí estamos con todas las defensas armadas, todos los guiones ensayados y todas las acciones aprendidas frente al mayor "adversario" (gracias hija por llegar a mi vida) que jamás podrá encontrar nuestro modelo de desamor y abandono, nuestras creencias de ganar y perder. Este increíble adversario capaz de romper todos nuestros esquemas y creencias, con hambre de amor y contacto sin excusas.

Y podemos elegir, siempre podemos elegir, aún en las peores circunstancias ese es nuestro derecho, podemos decidir reforzar nuestra armadura, redoblar nuestras defensas, anquilosar aún más nuestros paradigmas y perpetuar así este linaje desamorado y desamparado o podemos rendirnos ante al amor y sus demandas y deshacer el camino de regreso a casa, allí donde nos gestamos y construimos como seres. Porque tal vez la única forma de no convertirnos en los monstruos que aterroricen las noches de nuestros hijos es hacerle frente a nuestras propias pesadillas y amarguras. Es saber que ya no somos ese niño que fuimos adolorido y amedrentado, que ahora contamos con recursos y fortalezas, ahora sabemos además el secreto más grande: a pesar de todo sobrevivimos, a pesar de todo aprendimos a reír, a amar. Ahora ya no somos como aquel que fuimos, aunque sigamos pensando y actuando igual, ahora podemos transformarnos también para nosotros mismos en el adulto amoroso y valiente que cuida de ese niño interno.

No es fácil andar entre tinieblas, nunca lo es. Y siempre seguiremos dando la batalla, tratando de prevalecer frente a ese otro, que cosa curiosa es también lo más amado, pero creemos nos roba la vida.

Son años y siglos de construcciones basadas en el miedo, el abandono, la dualidad. Años de férreo entrenamiento que nos acompañan diariamente aún cuando nos prometemos mirándonos y mirándolos (a nuestros hijos) a los ojos que vamos a hacerlo distinto, que vamos a seguir desaprendiendo y resignificando.

Cada uno encuentra su propio camino para desenmarañar el nudo que nos atenaza, y menos mal es así porque a este mundo lo trae de cabeza las recetas homogenizantes y “milagrosas”. Lo importante creo yo, es emprender esa aventura sin importar la edad de nuestros hijos, ellos siempre serán los pequeños y nuestro camino siempre repercutirá en ellos.

Sin más vueltas, me atrevo a afirmar, que el impedimento más grande que tenemos para criar a nuestros hijos de la forma que soñamos y queremos, somos nosotros mismos. Nuestro personaje es lo que más separa a los padres que somos de aquello que queremos ser. Más que la familia o el entorno social y político el verdadero ambiente adverso es el que habita en nosotros, ese es el caldo de cultivo para repetir historias. Y no se trata de seguir añadiendo “deberes ser”, ni imposiciones dogmáticas e inflexibles, se trata de reencontrarnos con nuestra profunda humanidad esa que se conmueve y apasiona con la vida y sobre todo con ese raudal de amor que nos ha hecho sobrevivir como especie.

Una paternidad/ maternidad consciente, creo yo, pasa por el hecho de  hacernos conscientes (valga la redundancia) y responsables del niño adolorido que llevamos dentro, de encontrar preguntas a las respuestas que nos dieron y de hacernos cargo de aquello que hicieron de nosotros, para sanarlo y engrandecerlo, porque además a estas alturas no somos víctimas, somos responsables.

La buena noticia: “todo tiempo es tiempo para cambiar lo tiempos”  (Nelson Osorio Marín, mi papá)

jueves, 11 de noviembre de 2010

Lo siento hija...

No voy a pedirte disculpas, porque no voy a ponerte en la obligación de perdonarme.

Solo quiero que sepas que lo siento, por todas aquellas veces en las que me miraste buscando amor y mis ojos no supieron entregártelo, porque el amor siempre está ahí. Soy yo con mis años de aprendizaje y corazas, mis heridas y carencias, soy yo la que aún no termina de entender que un segundo de amor puede disolver y prevenir años de dolor y enojo, soy yo la que aún no comprende la fuerza de la fragilidad y va por la vida con la armadura puesta.

Lo siento hija, por todas aquellas veces que te he hecho sentir que tu eras el problema, cuando he sido yo, he sido siempre yo, con mis miedos, mis vacíos, mi mundo adulto y sus mezquindades. Yo con mi historia vivida, mis "verdades" aprendidas, mis defensas construidas. Soy yo hija, con mi paradigma viejo y obsoleto donde solo es posible ganar o perder. Yo que sigo creyendo a veces que tener la razón vale más que generar el encuentro.

Lo siento por todas las veces en que no he sabido transitar mis límites e impaciencias y la escena ha terminado en grito, cuando además es tan fácil subirse a lomos de tus sueños e irme por un rato a vivir en otro cuento.

Por todos los momentos en los que en vez de un juego puse un ¡ahora no! Por marcarte límites donde debería haber un mundo por explorar y descubrir, un asombroso universo donde reinventarnos y reinventar el mundo. Por creer a veces que contención y seguridad es igual a comodidad personal

Por las horribles veces en las que he puesto lágrimas en tus ojos en vez de risas en tus labios.

Lo siento por encerrarme en mi mundo, con mis afanes de protagonismo, mis miedos de abandono, mis egoísmos y yoísmos; cuando el tuyo es el nuevo, el inclusivo que me invita a crear y descubrir.

Por todas las veces que he impuesto sobre ti mis expectativas y sueños. Soy yo que aún arrastro sueños incumplidos, mis “podría haber sido” y no me hago cargo de mis anhelos profundos.

Hija, llegaste a mi con toda la fuerza de la vida nueva que se abre paso sin pedir permiso, rompiendo todos mis esquemas y desmontando mis cimientos y yo aún a veces siento vértigo al cambio, miedo a saltar en tu revolucionario universo.

Este mundo lo camino desde hace algunos años más que tú y desafortunadamente las heridas y tristezas todavía se me agolpan en la garganta, los ojos, los brazos y el corazón. Y lo que es peor, las creencias heredadas, las verdades acatadas aún me impiden ver lo obvio de tu vida y el mundo que con tu amor y presencia propones construir.

No soy culpable ni tampoco víctima de nada de esto, solo responsable y es desde ahí, con todo lo bueno y lo no tan bueno que hay en mi, desde donde te digo: lo siento hija, sigo aprendiendo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Cuando los hijos son motor

A mi mamá quien siempre me ha dicho "tú me abriste el camino"

Habitualmente  escucho " ¡no puedo por mis hijos!" (desde que xxxx nació ya no puedo, no alcanzo, no llego…) o lo que es peor “mi hijo no me deja”. Hemos normalizado el hecho de ver y hablar de  nuestros hijos y nuestra maternidad como un impedimento, una limitación, un problema. A mí sin ir más lejos a veces me miran como a una pobre y sacrificada mujer (cuando no tonta y retrógrada) y me preguntan con cierto dejo de lástima y preocupación ¿qué estás haciendo con tu vida? Parece como si mi vida estuviera estancada, anulada, terminada, solo por el hecho de no estar inserta en el mundo laboral y productivo de manera formal, la conclusión final a la que suelen llegar mis interlocutores en estos casos, es que no estoy haciendo nada, no soy útil a la sociedad.... porque lo único que hago es criar a un ser humano! mi humilde contribución.

Hemos creado una sociedad donde el eje somos los adultos, donde lo importante es producir y consumir, donde vales en la medida que tienes y donde la niñez es un mal necesario, en el mejor de los casos una etapa para condicionarlos y educarlos a ser, hacer y tener lo que esperamos de ellos. Pocas son las miradas que hablan sobre lo que ellos necesitan o esperan de nosotros,  que digo yo sería lo lógico

A veces parece que estamos esperando que nuestros hijos crezcan, que dejen de ser niños rápidamente y se conviertan en adultos productivos e independientes para volver a la normalidad de nuestras vidas, para volver a tener el control. La crianza, los primeros años de nuestros hijos son como esa etapa oscura y fastidiosa de la que hay que salir lo antes posible (mejor tenlos seguiditos así pasas por eso rápido, una vez vayan al colegio respirarás más tranquila) desde esa creencia no tiene que extrañarnos que estemos delegando la crianza de nuestros hijos y a veces también los vínculos de amor y apego en terceros, ya sea el jardín, la escuela, la niñera, etc.

Ojo! No pienso, ni creo, ni quiero que nuestras vidas se detengan cuando llegan los hijos y nos pasemos las horas muertas contemplándolos. Pero tampoco que generemos “contenedores” de niños para que no estorben, o que incluirlos en nuestras vidas sea sinónimo de imposibilidad y limitación. Pienso que la mejor forma de construir sociedad es en comunidad y esa comunidad nos incluye a todos, al planeta también.

Mientras sigamos excluyendo, seguiremos generando sociedades y relaciones basadas en el poder, la discriminación, la competencia y la existencia de jerarquías, porque siempre existirán  “los importantes” y los que deben replegarse, los que lo saben todo y los que tienen que aprender según les dicen, los que dictan y los que acatan. Decirle a un niño, con palabras y sobre todo con nuestros actos que sus necesidades no serán atendidas ni tenidas en cuenta si se contraponen a las nuestras o que sus deseos son válidos en la medida que respondan a los nuestros es enseñarles que el mundo y las relaciones se tratan de ganar o perder y de “sálvese quien pueda” y ese desafortunadamente es el mensaje imperante que les estamos dando no solo como padres sino como sociedad.

Hemos invisibilizado a los niños, hemos cerrado ojos y oídos a sus pedidos, a lo evidente de sus necesidades, porque para sostener esta sociedad que hemos creado es indispensable generar seres carentes de voz y voto (además de amor, mirada y contención) que cuando crezcan encuentren en la acumulación, la competitividad y el consumo una respuesta a la falta de vínculo primario. Lo que sería realmente revolucionario es una sociedad que apoye e incluya al niño como ser completo y no como sujeto por hacer; que lo mire con respeto, amor y lo nutra en los años decisivos de su existencia.

Sin embargo, los niños abren caminos, no en vano vienen al mundo a través de un canal que antes estuvo cerrado, no por nada entran a la vida abriéndose paso con decisión y fuerza y requieren de nosotras apertura y de nosotros (padres y madres) entrega y sostén. Si nos conectamos con ellos, con esa vida que late y de la que ahora somos responsables el mundo nunca volverá a ser el mismo! Y no queda otra que cuestionar las cosas, sanar heridas, encontrar una nueva visión y alternativas distintas para no repetir historias, para no hacer de ellos aquello que hicieron de nosotros. Al caminar a su lado, acompañándolos en su mundo, vemos las cosas con nuevos ojos, ojos de niños que todo lo preguntan, todo lo cuestionan y de todo se asombran.

Y tal vez tanta maternidad me esté volviendo un poco esquizofrénica, pero empiezo a creer, porque ya lo siento, que junto a ellos se abre la posibilidad de plantearnos  las cosas desde una triple mirada, aquellos que fuimos, aquellos que somos y aquellos que ven y escuchan a sus hijos y por ende  reciben una nueva lectura de la realidad. Eso a mi juicio da lucidez y amplía el nivel de conciencia.

Me atrevo a soñar y a vivir la maternidad como un estado creativo y de inspiración, un motor que me impulsa a revisarme y revisar el mundo que me rodea. Es impresionante la cantidad de cosas que antes pasaba, validaba, normalizaba y que ahora son inaceptables, tanto en mis prácticas como en lo que el mundo trae. Tantas cosas que di por sentadas y de las que ahora me niego a ser cómplice. La maternidad a mi, me ha sacado de la zona de confort, de ese lugar de “piensen por mi”, “no vale la pena luchar”, “si siempre se ha hecho así…”

Y esta no es solo mi experiencia y la de Guido, cada vez nos llegan más noticias e historias de mujeres y hombres que han asumido el reto de criar y no solo de tener de un hijo, aquellos que han encontrado preguntas a las respuestas que la sociedad les ha dado, es más que se han atrevido a cuestionarse sus propias certezas. Rebeldes cotidianos que han ido encontrado en la relación con sus hijos un modelo de interacción y no de intervención y que han optado por hacer de la bandera más revolucionaria, el amor y el respeto, una forma de vida y aprendizaje.

Ahora yo me pregunto, ¿qué pasaría si asumimos así no solo individualmente a nuestros hijos, sino como sociedad a todos nuestros niños, si entendemos que este mundo más que el legado de nuestros padres es el derecho y patrimonio de nuestros hijos, que más que conservar la tradición se trata caminar de la mano con el futuro?


domingo, 7 de noviembre de 2010

Marcar la diferencia





Ayer leí este maravilloso artículo, Cumpliendo Sueños de Sonsoles de Respetar para Educar  (una página imprescindible)  y llevo con el dando vueltas, acompañándome desde ese momento, como una vocecita que me susurra, me hace recordar y reflexionar...

Yo fui una niña “anormal”, nacida en una familia muy poco convencional, en un entorno  más que diferente, en un país de realismo mágico. Mi padre fue un hombre coherente, mi madre aún lo es, muy coherentes,  creo que solo en una cosa hicieron oídos sordos a su coherencia y con ello me pusieron en el lugar de no encajar; la elección del colegio, un colegio normal con todos los artilugios de la educación tradicional! Estoy segura, ahora que miro hacia atrás que esa decisión la tomaron cada uno desde su niño interno, desde aquel que cada uno fue, dolido de ser el diferente, sobrepasados por nadar siempre a contra corriente, con las burlas y críticas que recibieron rondándole en los oídos. Fue una decisión desde esos niños que fueron y no desde los adultos que eran, que sobrevivieron eso y se hicieron grandes en su diferencia.

Lo cierto es que yo quede atrapada entre la “anormalidad” (léase libertad y respeto) de mi familia y la “normalidad” (léase represión y uniformidad) de mi desafortunado segundo hogar. Con otro sistema escolar y otra realidad social eso podría haber sido más llevadero, pero tal y como están pensados eso ámbitos en el país en que nací y crecí el segundo hogar tiene la fuerza (a fuerza de horas de presencia y realidad impuesta) de erigirse en un todo poderoso condicionante, un referente vital en la construcción del yo y el mundo circundante. No nos digamos mentira, cuando vas al colegio 8 horas por día, esa realidad artificial y alterna se transforma en la más potente e indiscutible verdad.

Con lo cual crecí con la sensación de no encajar, de no pertenecer, de ser mala o tener algo erróneo y equivocado en mí. Con todo el dolor, por la niña que fui, por mis padres y los niños que fueron,  puedo decir que ellos desde su miedo repitieron conmigo la historia. Afortunadamente nunca dejé de tener padres “anormales” y de ser una niña “anormal” y hoy puedo cuestionar la "normalidad" de esta sociedad, que para mi no es más que otra forma de promover la esclavitud a un sistema que carece de amor, alegría, sueños cumplidos, autonomía y creatividad.

No creo que exista eso de ser "normal", es una mentira que se han inventado y nos hemos creído para poder  mantenernos como civilización en los límites de lo deseable y esperable, es una invención más de la necesidad de masificar deseos, sueños, expectativas y necesidades, así seguimos controlables y controlados y se mantiene el status quo, ese que genera ansia de poder, control y acumulación.

Frente a la crianza y la educación, que es lo que aquí nos compete, nos venden la “normalidad” como algo conveniente a nuestros intereses de adultos: con niños “normales” siempre puedes continuar con tus importantes actividades adultas, con tu correr detrás del sueño imposible que conseguirás después de la última compra, adquisición, premio o reconocimiento, que por supuesto te dejará con hambre de la siguiente compra, adquisición, premio o reconocimiento. En realidad de lo que tenemos es hambre de ser reconocidos y amados por quienes realmente somos, hambre de ser únicos y diferentes, así como lo fuimos antes de someternos.

Supongo que sobra decirlo, pero no conozco a nadie "normal", conozco gente ( y me conozco) que a fuerza de desamor, manipulación, presión, premios y castigos encaja más o menos en el molde pre-establecido. En realidad conozco distintos niveles de prisión.

No hay nada más antinatural que lo que se espera "normal" cuando eres niño (no toques, no te muevas, no hables, ahora no, espera, compórtate, siéntate bien) con ese molde no hay niño normal posible, hay niños y por ende adultos coartados y mutilados. ¿Por qué cómo niños nos adaptamos y normalizamos? Porque sentimos peligrar nuestra supervivencia  (creo que los seres humanos nos nutrimos de amor, calor, contención, respeto y entre más chicos mas imperiosa esa necesidad) con lo cual aceptamos el molde a cambio de amor (amor manipulado, pero amor) y porque, además esta sociedad está tan loca que a los niños les importa más la felicidad de los adultos y están dispuestos a entregar más a cambio de ella que lo que nosotros somos capaces de dar por ellos. ¿Irónico no?, Nosotros les damos la vida y luego se las exigimos, exigiéndoles la “normalidad” al servicio de nuestra felicidad. Robamos su vida al decirles qué, cómo y cuándo ser, al poner sobre ellos etiquetas y reglas “anormales” para hacerlos “normales” (funcionales y desconectados).

Lo que he ido entendiendo con el tiempo es que ser "anormal" no es difícil per se, el problema es crecer en entornos que premian la uniformidad y aíslan lo diferente, por eso una de mis grandes responsabilidades con Kyara es generar para ella un entorno respetuoso y enamorado de su “anormalidad”, tendiente a escuchar sus necesidades y deseos, a mirarla como única e irrepetible, dispuesto a decirle ¡tú puedes!, ¡yo creo en ti! y a exigirle que no acate, que no se acomode, que no sea lo que esperamos de ella. Y eso empieza por despertar y fortalecer mi propia “anormalidad” por re-encontrarme con aquella niña “anormal” tomarla de la mano y mirándola a los ojos decirle: sobrevivirás, te harás fuerte y serás feliz.

Criar en la diferencia, desde la mía y propiciando la suya, es también criar para aceptar la diferencia del otro, es apostarle a la rebeldía de ser distintos, de construir una sociedad donde quepamos todos y donde el punto de unión sea el respeto por la vida, la alegría de vivir y el amor por el hecho de existir.

martes, 2 de noviembre de 2010

Siembras papas, crecen papas




Es ya bien sabido, documentado, estudiado y sobre todo vivido que la violencia genera violencia, que el fin no justifica los medios, que sobre los abusos, la sangre derramada, el sonido de la metralleta, el estallido de las bombas, la injusticia, la exclusión y la discriminación no podemos construir de la noche a la mañana y sin procesos de reconciliación y reparación un mundo en paz.

Se necesita tiempo, tiempo y amor para que las víctimas dejen de serlo más allá del cese de la violencia,  para que dejen de mirarse así mismas como oprimidas y vencidas y sobre todo para que puedan re-significar su historia, sus vivencias y sobre todo su presente; el miedo, las heridas, el rencor calan hondo, muy hondo y tienen raíces muy profundas e implicaciones insospechadas.

Creo que a esta altura vamos entendiendo individualmente y un poco más lentamente como sociedad que no es posible asesinar en nombre de la paz y el amor, que nada justifica la violencia ni siquiera el mundo rosa y maravilloso que construiremos una vez vencedores. Porque la violencia, no importa su razón, ni meta alimenta la lógica víctima-victimario donde todos perdemos! 

La pregunta es, si esto lo entendemos a nivel macro ¿cómo es que seguimos esperando que de un niño maltratado, violentado, abusado, ignorado y abandonado surja un ser humano amoroso, creativo, autónomo, responsable, generoso… de eso solo puede surgir un “hombre de bien” o lo que es igual un autómata de esta sociedad violenta y consumista. Cómo es posible que sigamos defendiendo prácticas tan absurdas como dejarlos llorar para que no nos tomen el tiempo,  hacerles saber quien manda desde chicos para que de adolescentes no se te escapen de las manos, negarles nuestro amor, calor y atención para que no se vuelvan egoístas y demandantes, dejarlos a merced de sus pesadillas y terrores nocturnos para que desde chicos aprendan el don de no importunar a los “importantes”, partiendo de la base que son manipuladores y agresivos? Eso sin contar los castigos, golpes, gritos, abusos, manipulaciones y maltratos de todo tipo, que ya son el no va más de la incoherencia (“es por tu bien”, “más tarde me lo agradecerás”, “a mi me duele más que a ti”).

Sin entrar en el terreno de la moral y la ética, imaginemos por un momento que llevamos a cabo un “revolución” donde eliminamos a todos aquellos que ejercen la violencia, a todos los injustos, malvados, egoístas... Una vez hecho esto instauramos un mundo de amor, paz y respeto… suena al imperio del miedo no? Donde acatamos y obedecemos por miedo a desaparecer.

Traslademos esto a nuestros niños, a fuerza de voluntad y violencia desterramos de ellos todo lo que nos parece no deseable y apropiado, ¿qué queda? Un ser humano violento y violentado, victima y victimario.

Realmente me canso de escuchar la gente (y de verme a mi diciendo)  que quiere un mundo mejor y ver como luego maltratan a un niño, porque no es coherente, no es consecuente, es sólo bla, bla, bla. Y cuando hablo de maltrato no me refiero solo a castigo físico, si no a los innumerables actos de violencia que cometemos hacia ellos cuando somos indiferentes e indolentes a sus necesidades, cuando los agredimos verbalmente, cuando les negamos el acceso al amor y al contacto físico como castigo, cuando los manipulamos y esperamos de ellos obediencia.

Obvio, no somos perfectos, somos hijos de formas de crianza y educación que propician la violencia, la exclusión, el miedo, el autoritarismo… pero si somos capaces en nuestra infinita “bondad” de dedicarle pensamientos y acciones de amor y respeto al resto de la humanidad, por que no empezar por casa, por que no cuestionarnos las prácticas de crianza y las creencias que las sustentan… hasta cuando vamos a seguir pensando que un bebé es malo, egoísta y caprichoso por naturaleza y somos nosotros los adultos “buenos” quienes estamos en la obligación de reconducir y adiestrar su siniestra naturaleza.

Aprendemos lo que es el mundo y lo que podemos esperar de él en función de las vivencias de nuestra infancia, en brazos del amor o el abandono decidimos quienes somos y que merecemos. La pregunta es entonces ¿qué mundo y que visión sobre si mismos queremos legarle a nuestros hijos?

No creo que estemos irremediablemente condenados, siempre es posible tomar conciencia y virar el rumbo, aunque también creo que la fuerza necesaria para hacer esos cambios, para desafiar a nuestro personaje y cuestionar aquello que hicieron de nosotros surge del amor, el respeto y la contención que hemos recibido de niños, por pequeño que este parezca. Porque para creerte merecedor de amor haz tenido que vivirlo aunque sea por un instante

Llenémoslos de besos, juegos, risas, de amor solo por el hecho de ser, de contacto y piel, de alegría por su existencia. Y sobre todo, dejemos de justificar nuestra violencia, nuestros crímenes cotidianos hacia ellos desde el supuesto amor y la necesidad de límites y normas, hagámonos cargo de lo que ese maltrato realmente significa son nuestras limitaciones, impaciencias, carencias y miedos las que ejercen el golpe, el grito, el abuso, la manipulación. Ellos ni lo necesitan, ni lo están pidiendo es nuestro dolor infantil y su necesidad de venganza, nuestro miedo a pensar, cuestionar y salirnos del caminito estipulado lo que nos lleva a repetir la historia.

Queremos paz, criemos desde la paz, no para la paz.
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